lunes, 27 de febrero de 2012

La Sagra. Donde todo empieza


Desde que la ascendí por primera vez, La Sagra es para mí, una montaña mágica, quizás sagrada. Porque me atrae con tal magnetismo, que como devoto feligrés, acudo todos los años a su encuentro. Y por más veces que regreso a ella, cada año su ascenso es  singular y apasionante, único e irrepetible. Quizás se deba a que yo no sea el mismo, o porque mis compañeros y sus circunstancias tampoco. Pero la atracción de esta montaña, es única.

La Sagra fue mi primera gran ascensión. Era muy joven. Inicié el viaje en una destartalada furgoneta a las cuatro de la madrugada. Fueron casi cinco horas de viaje, vía Lorca, La Paca, La puebla, por unas carreteras endiabladamente malas. El acceso hasta los Collados era por una pista pésima. No existía el hotel, sólo la casa abandonada. Conducía con guantes, pasamontañas y una manta tapándome las piernas, ya que la furgoneta no tenía calefacción y si muchas aberturas por las que se introducía el frío.

Inicié la ascensión to tieso parriba, sin un plan preconcebido. Tardé poco en dar con el aún desconocido "embudo,". Iba sólo, con tenis, sin mapa ni equipo. Ahora que lo escribo, pienso ¡qué atrevida es la ignorancia! y qué fuerzas te da la ilusión por algo en la juventud.

Tras una cómoda aproximación al ver los primeros farallones pensé, debe faltar poco. Pero cuando los sobrepasé,  me encontré con la enorme e inclinada pedrera del embudo. Me impresionó su pendiente. Inicié su ascenso  en la creencia que al final del mismo encontraría la cima. Lo hice resoplando ya que con las piedras sueltas subía dos pasos y descendía uno. Posteriormente descubriría vías más cómodas.

Cuando sobrepasé la dichosa pedrera, aluciné al comprobar que ¡allí no estaba la cumbre! Que había otra montaña más por encima mía. Un tanto acojonado por la magnitud de la montañita, proseguí, creyendo que esta vez sí, al llegar hasta donde alcanzaba mi vista, estaría la cumbre. Y No. La cima no estaba allí, pero si el collado desde donde ¡por fin! divisé el mojón en el horizonte.

Acostumbrado a subir los montes de Cartagena, la Sagra me pareció como haber subido tres Roldanes juntos. Y es que sin ser ninguna cosa del otro mundo, tiene su punto, ya que es la puerta de entrada a la alta montaña. No tanto por los 900 metros de desnivel a superar, como por tener que hacerlos a partir de los 1500 metros de altitud, ascendiendo hasta los casi dos mil cuatrocientos, y tener que superarlos en un trayecto de poco más de dos kilómetros.

En posteriores ocasiones, echaba carreras con los amigos en el descenso por la pedrera. La última vez que lo hice, en el 2006 salí volando literalmente. Eché la carrera con Antonio, actual Vocal de Carreras por Montaña. Cada vez que llegaba a su altura y parecía que le iba a adelantar, el tío aceleraba más. Viendo que se acababa la pedrera y este me ganaba, intenté el triple salto y ¡Por fín conseguí sobrepasarle! eso sí, volando literalmente, dando una voltereta de campana en el aire. Al pasarle de tal guisa, instintivamente intenté agarrarme a él, pero hizo un quiebro en plan Matrix y esquivó mis aterrorizadas manos. Recuerdo perfectamente el pánico en su mirada. Ahí tomé conciencia de la gravedad del vuelo que finalizó con un monumental testarazo del que la mochila me salvó. El saldo fue un cardenal en la pierna y un siete en el pantalón. Ahí terminó la carrera. Ganó él, por los puntos. Y afortunadamente, yo también gané, pero por los puntos que no me tuvieron que dar en la enfermería.

Estos últimos años, el reto no ha sido subir por esta o aquella vía, sino que la asciendan el mayor número de compañeros. Y cuando esto ocurre, aunque hayas realizado más de veinte ascensiones, conforme voy llegando a los Collados de la Sagra y veo el Embudo y la Pedrera con esa imponente vertical, pienso ¿por ahí vamos a subir y descender? Si parece una vertical suicida. Instintivamente trago saliva, gesto serio, los ojos como platos y una pequeña congoja ante el reto, son las señales que transmite mi organismo, al que se le acaban de encender todas las luces de alarma. Comienza la tensión justa y necesaria para la ascensión. La música de fito suena, Todo empieza cerca del final.

lunes, 23 de enero de 2012

Historias de infancia en Las Palas



La excursión del próximo domingo supone el regreso a mi pueblo, Las Palas. Donde cada esquina, cada árbol o las mismas palas de higos chumbos, tienen mil y unas historias vividas en la infancia y juventud. Un botón de muestra:
 
El chico “malo” o matón del pueblo, esperaba al salir de la escuela en la zona de la rambla escondido tras las chumberas, y me atracaba literalmente navaja en mano, quitándome los lápices de colores y demás cosas chulas que llevaba en mi flamante plumier de madera ¡de dos pisos! Nunca lo denuncié a mis padres. No se aun por qué. 

Pero un día, descubrimos que éramos varias las víctimas de su tiranía, y liderados por Andrés Liarte, el otro grandullón de su misma edad, nos enfrentamos y le dimos una paliza, quitándole las alpargatas. Unas zapatillas más o menos parecidas a lo que ahora llamamos tenis pero sin suela Vibran ni ná de ná. Se las colgamos en la rama más alta de un eucalipto junto a la carretera de Mazarrón. 

Tanto trabajo nos costó colgarlas, que allí se quedaron para siempre. Y como el "matón" las veía todos los días camino de la escuela; le daba sentimiento y más aun a su familia ya que en aquellos tiempos se compraba el calzado cada dos o tres años. Así que su abuela vino a darle las quejas a mi padre, reclamándole unas nuevas, y este al final se enteró de la historia.
 
Este individuo era un ave de rapiña, cuando nos íbamos a poner trampas y cazar pájaros, una vez conseguidos estos, aparecía y nos los quitaba. Y si me veía metido en una balsa, cogiendo peces, cuando había terminado la faena, me amenazaba con decirle a mi padre que me había metido en la balsa, y chantajeado no tenía más remedio que entregarle mi preciado tesoro de "pescaos" como les llamábamos a las carpas de colores.
Así que de mayor, supongo que como fruto de esta frustración, me hinché a montar acuarios por toda mi casa.

La historia se repite, y el oprimido se convierte en opresor: Con trece años, era yo el que gastaba las bromas al  personal, aunque en alguna ocasión salí escaldado. Recuerdo que cogimos una serpiente viva, se la enrollamos al cuello del enclenque empollón de la clase, uno tiraba de la cola y otro de la cabeza, y el pobre chico intentando zafarse del collar que le habíamos puesto y del que tirábamos como posesos. La serpiente soplaba y el chico nos insultaba medio histérico. Todo terminó partiendo la serpiente en dos, y él con la cara y ropa llenas de sangre. No éramos crueles. Sólo críos bestias, con las hormonas en plena ebullición, que no pensábamos dos veces las maldades que se nos ocurrían. Sólo las hacíamos…

En otra ocasión, me planté to chulo, delante del tío de Belén, nuestra tesorera. Un niño timorato, que cogió una piedra y me dijo con voz temblorosa: “Como me hagas…no se qué, te tiro la piedra”. Me fui pa él y estando a un paso suyo le dije: ¡No ties cojones tú pa tirarme la piedra!  Acto seguido, como el que clava una alcayata en la pared, dijo “¡toma!” y me abrió una brecha en la ceja con la piedrecita. Dolió más en el amor propio, que los puntos de sutura que me dio don Pedro el practicante. Gracias a Paquito el de la Sastresa, aprendí una lección de humildad para toda mi vida. Se acabaron las bravuconadas. La cicatriz en la ceja, se encarga de recordármelo cada vez que me miro al espejo.

Siendo más niño, recuerdo que jugando al fútbol en la plaza del pueblo, un anciano quisquilloso, sacó la navaja y nos amenazó a grito pelao con rajar el balón si no dejábamos de dar pelotazos. Creo que le habíamos jodido la siesta. Estaba a unos veinte metros amenazando con rajarnos la pelota, en eso que me llega el balón y sin pensarlo le pego una patada con toda el alma, con la intención de darle un balonazo o un susto, con tan mala fortuna que el balón fue a a dar en la misma punta de la navaja, cerrándose esta y dándole un corte en los dedos, los cuales manaban sangre como el cuello de un cerdo en su matanza. La bronca que se llevó el pobre abuelo fue de órdago. El resto de adultos nunca supieron como ocurrió, creyendo que el tío Andrés se puso a pinchar el balón asiéndolo con sus manos. Y por más explicaciones que este daba no le creían. 

¡Dios! confío que cuando llegue a viejo, alguien me crea, por inverosímil que parezca mi versión.

En otra ocasión, bajé a la calle mayor con mis recién estrenados patines y a un mozalbete mayor que yo, no se le ocurre otra cosa que decirme que me agarre  por detrás a su moto Rieju, cosa que hice ipsofacto. Mete primera y la sensación de velocidad genial. Segunda y alucino. Cuando pasa a tercera veo que va muy deprisa para las ruedas tan pequeñas de mis patines. No tuve tiempo de más. Cuando iba lanzado a toda velocidad, aparecieron los socavones que tenía la carretera a la altura de las "Casas del Real", las ruedas se frenaron en seco y yo salí volando.
La hostia fue impresionante. Rodillas, manos y codos desollados y ensangrentados. Un diente partido, pero eso para mi era lo de menos. Mi preocupación eran ¡los dos sietes que le había hecho a los pantalones!
¿Cómo se lo explicaba yo a mi madre? 
¡Señor! Cuantos problemas tenía de pequeño.
 
Así que ahora, cuando veo a Ángel Tomás Perea correteando delante y detrás de mí en las excursiones, se me cae la baba a la vez que pienso, ¡qué gran guía de montaña va a ser!

viernes, 30 de diciembre de 2011

Feliz año nuevo

1982-2012.Treinta años compartiendo la misma pasión con los amigos.
Nos queda toda una vida por delante
y mucho que ver contigo.

Que el 2012 va a ser maravilloso, es seguro. 
Nos lo dice el corazón.
Feliz año nuevo.

Cristóbal y Juani

lunes, 5 de diciembre de 2011

Coitus interruptus en bici

Sinopsis:
Oriol tiene una amiga que se llama Marta.
Marta está enamorada de Oriol.
Oriol tiene un gato que se llama Hobbes


Pincha el enlace para visualizar el corto.


Una bloguera llamada Amapola, dice que “no sabes lo que piensas hasta que lo escribes” y ahora que caigo en la cuenta, por eso me pongo a escribir cuando tengo un problema. Para saber lo que pienso del mismo.

En este caso, analizo las dos salidas en bici que organicé para senderistas, las cuales me dejaron con la sensación de un coitus interruptus.  Por lo que aconsejo ver el video antes de leer el post, donde se establece la analogía entre un mal polvo y una excursión en bici con un grupo demasiado heterogéneo.

La historia
Como el pasado verano el médico aconsejó hacer bici, me inventé organizar unas rutas cicloturistas en plan dominguero, sin más pretensiones que hacer visitas deportivo-culturales bien fuese recorriendo las iglesias de Cartagena, sus palacetes de campo o sus vías pecuarias.
Hasta aquí, la teoría.

La realidad ha sido otra.  Entre otros motivos porque cuando surgió la idea  mi estado de forma nada tenía que ver con el actual. Así que en la primera salida pretendidamente “fácil”, conforme iba redactando la ficha fui rehaciendo su trazado, de modo que lo único que tuvo de fácil fue la palabra escrita, Fácil. Los compañeros que vinieron, tampoco ayudaron a suavizarla, ya que les iba la marcha por un tubo y de forma imperceptible me impulsaban a pedalear más fuerte, empujándome más y más…allá.

Lo malo o lo bueno del asunto,  según se mire, es que me gustó eso de pisar el pedal. Y entonces me di cuenta que montar en bici, nada tiene que ver con hacer senderismo, donde  paras una y mil veces para reagrupar. Donde puedes marcar un ritmo más bajo o alto según el nivel físico del último de la fila.

En la bici, eso de parar cada dos por tres a reagrupar resulta humanamente imposible. Puedo parar a reagrupar al final de una subida, y  jode un huevo, pero lo que no puedo es estar parando cada cinco minutos, porque no hay forma de coger ritmo. Las paradas se convierten en un suplicio, te enfrías y luego cuesta un cojón de mico reiniciar la marcha.

Lo mismo que el más lento, no puede ni debe subir de revoluciones porque se asfixia; el que tiene potencia no debe bajar su ritmo y ascender a “cámara lenta” ya que se ahoga por esperar al compañero. Por ello, cuando cada uno va a su ritmo se crea la dispersión tan fácilmente en un grupo de ciclistas. 

Y en las bajadas ocurre lo mismo pero, más a más. Mientras el inexperto baja despacito por temor a la caída, el otro toma brío trazando las curvas a la máxima velocidad posible, discurriendo por las sendas de las croquetas como si fueran raíles de una montaña rusa. Disfrutando al máximo, descargando la adrenalina que tanto gusta y tan bien sienta expulsar al torrente sanguíneo.

Y cuando llegas abajo… ¡Diooos! ¡Volver a esperar! Y se te corta el rollo. No puedes seguir porque debes esperar a reagrupar una vez más. Y estás justo en lo mejor. Justito, justito cuando estás disfrutando a tope, cuando estas casi llegando... ¡hay que pararse! 

A quien le haya pasado, sabe muy bien de lo que hablo. Oriol, el chico del cortometraje, lo refleja a la perfección. Por ello lo de “Coitus interruptus en bici”. Porque conforme el clímax va in crescendo, disfrutas más y más, hasta que de golpe te hacen parar porque se ha perdido alguien, en la peli es el gato, en la vida real un compañero. Y adiós polvo… bicicletero.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Papeletas de Navidad

 








De estudiante, a menudo  me ví en la tesitura de vender papeletas de navidad  para algún viaje de estudios o por alguna causa filantrópica que se inventaban los curas. Era tan tímido y sentía tanta vergüenza, que lo pasaba fatal cuando llegaba la hora de ofrecer las dichosas papeletas. Así que hora, cuando me las ofrecen las compro más por solidaridad con quien las vende que por su noble causa o por el premio que pueda ganar.

Hace poco vino Carlos, un cliente al que no sé por qué tenía gran aprecio y ahora creo haberlo descubierto. Este me sorprendió al comentarme que cuando se jubiló fundó con dos amigos una ONG para conseguir y repartir alimentos gratuitamente entre las familias más necesitadas de Cartagena.  Nunca  hubiera pensado nada semejante de él. Los dichosos prejuicios, cuanto nos limitan.

Me explicó que con la crisis actual, estas familias aumentan, los proveedores de alimentos menguan y la única subvención que tenían de la Comunidad Autónoma, ha desaparecido. Con este panorama, buscaba desesperadamente a alguien que le imprimiera unas papeletas de navidad y de paso que le vendiera algún talonario. Así que aquí me veo en la tesitura de poner en el compromiso a los amigos ofreciéndole papeletas o hacer lo mismo que años atrás, quedándomelas. 

Pero más allá del problema pecuniario que es nimio comparado con la magnitud del problema de tantas familias desahuciadas, lo que busco es una explicación a la pregunta de ¿Qué llevó a una persona acomodada como Carlos, a complicarse la vida con una ONG? Si él ya tiene su vida resuelta, ¿Qué motivaciones le llevan a buscar alimentos para personas que no tienen?  

Entonces recordé la teoría de la “pirámide de necesidades” descrita por el psicólogo humanista Abraham Maslow, que viene a decirnos que la satisfacción de una necesidad crea otra. Que cuando hemos cubierto las necesidades básicas sean fisiológicas o de supervivencia, nivel 1, aspiramos a satisfacer otras a un nivel superior, como son las de seguridad, sea en forma de casa y o de trabajo estable. 




Y cuando este tipo de necesidades las tenemos cubiertas, entonces nos hayamos en el tercer nivel buscando satisfacer las emocionales. Muchos las satisfacemos cuando practicamos senderismo en el club o con los amigos, cuando compartimos tiempo y espacio con otras personas cuyas creencias, valores, prioridades y aspiraciones son similares a las nuestras. 

Así, al tiempo que disfrutamos de la naturaleza,cultivamos vínculos de amistad, perteneciendo a un colectivo en el que nos sentimos identificados, queridos o aceptados.


Algunos solemos estancarnos en esta fase -emocional- de nuestro proceso evolutivo, sin conseguir superarla para acceder  al siguiente nivel, que consiste en llegar a la autoestima por el autoconocimiento. 

La necesidad de re-conocerte, surge en el momento que dejas de asociar lo que eres de lo que tienes, y lo que tienes con lo que vales. Un momento en el que nuestra autoestima deja de basarse en aspectos superficiales como el estatus, el poder, la riqueza material, el éxito o la belleza. 


Cuando surge la necesidad de conocernos tal y como somos, generosos y valerosos a la vez que mezquinos y cabrones, sin engañarnos con falsas identidades, sin máscaras condicionadas por el entorno social. Entonces sucede, que nuestro autoconocimiento consolida nuestra autoestima, sin que esta dependa de factores externos, y aunque tengamos en cuenta la opinión de los demás, nos enfrentámos  a la vida sin depender de dichas opiniones, sin miedos al qué dirán, sin inseguridades, confiados en ella. 

Y en ese proceso de búsqueda personal, sin saber cómo, de pronto surge la necesidad de encaminar nuestra existencia hacia el bien común. Ya estás en el 5º nivel y no piensas en  términos de empleo o de carrera profesional. Lo que buscas es alinearte con una misión que vaya más allá de ti mismo. Al liberarte emocionalmente, ya no te mueves desde la carencia, sino desde la abundancia. Y esta nos inspira a entrar en la vida de los demás con vocación de servicio. Nuestra motivación es la de ser útiles. Así comprendemos que nosotros no somos lo importante, sino lo que ocurre a través nuestro. Es entonces cuando amamos lo que hacemos y hacemos lo que amamos. Cuando hacemos posible que nuestro paso por la vida deje tras de sí una huella útil, amorosa y sostenible. 

Carlos, al jubilarse alcanzó este nivel, pero el proceso evolutivo no tiene nada que ver con la edad física, sino con la madurez psicológica. Muchos nos estancamos en alguna fase del aprendizaje, y a veces retrocedemos de nivel como en el juego de la oca, sin llegar a convertirnos en lo que podríamos ser.
Sólo en la medida que aprendamos de nuestros errores, avanzaremos por el camino que nos permita convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos.

Carlos y sus putas papeletas me acaban de dar una lección: En la lotería de la vida, si llegas al nivel 5 tienes todas las posibilidades de que te toque el gordo.
Y si no alcanzas este nivel, te queda el consuelo de poder comprar una papeleta, que además de apoyar una noble causa; en caso que resultara premiada, te garantiza superar o afianzar el nivel 2: La casa, el coche...

No te ofreceré papeletas de navidad, pero si me pides alguna ya sabes que estas, ayudan y te ayudas.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Motivos para ir al Cabo de Gata


La foto representa un trocito del Cabo de Gata. Puedes verla desplegada pinchando en ella. Si te atrae, no sigas leyendo y empieza a planificar el viaje. 
Si no te convence, voy a darte motivos para que viajes al Cabo de Gata.

Vente porque en estos días vas a olvidarte de tu rutina, de tu pasado, de tu nombre y hasta de ti. No tendrás que atender a nadie que no quieras, sólo a ti mismo, limitándote a seguir el camino, incrustándote en el paisaje, formando parte de la naturaleza, dejando que el viento te golpee, observando  con absoluta novedad todo cuanto mires, sea el cartel de “Se alquila”, la estrella de un hostal, los “buenoss diass” de un guiri o los ruidos del mar rompiente en los escullos del Cabo.
 
Al comienzo del viaje, cuando arranques el coche, relájate, disfruta de la compañía o simplemente viaja. Viaja como follan los ciegos: sintiendo. Hay mil y una cosas. Fíjate en las ruedas de un camión cómo se mueven, giran y avanzan como tú. Y hacen ruido. No importa el ruido. Este va a ser un viaje de y para los sentidos. Así que prepárate para sentir y déjate llevar.

En este viaje vas a descubrir cómo encaja todo cuando te sientes bien. Y todo encajará porque no hay nada que encajar. Ni el viento necesita engranajes  para ser viento, ni el agua ruedas dentadas para serlo. La vida absorta es comprimir el instante, suprimir intermediarios entre tus ojos y lo demás.

Este largo fin de semana vas a ser un robinsón en un oasis, pero con amigos.
El lunes, cuando vuelvas de nuevo a tu mundo, contigo también vendrá tu nombre, tu pasado y tus planes. Pero nada será lo mismo.

La luz del Cabo es impresionante.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Las montañas y las mujeres




Aún a riesgo de parecer políticamente incorrecto, creo que las montañas semejan mucho a la mujer. Cuando les echas el ojo, no sé qué tienen ambas, que te atraen como un imán; y enseguida ronda el deseo de conquistarlas. Empiezas estudiando su grado de accesibilidad, las dificultades que puedes encontrarte para conquistarlas, emocionándote con lo bonito que tiene que ser el conseguirlo; y una vez decides atacarlas te das cuenta que son ellas las que tienen la última palabra, que tú puedes haberte preparado concienzudamente para la cita, poniéndote guapo y en forma, pero si ellas dicen no, es mejor dar la vuelta antes de terminar herido.

El rechazo puede ser, bien porque no nos lo hemos trabajado lo suficiente como para conseguirlas, y hay que continuar entrenando y preparándose para la próxima oportunidad. O bien porque ellas se hallan muy, pero que muy lejos de nuestro alcance. Y entonces, lo más sensato y razonable es abandonar aceptando la realidad y plantearnos la conquista de aquellas que se aproximen más a nuestras condiciones objetivas.


 La conquista es igual que la progresión en la escalada, como un baile de movimientos suaves y armónicos, donde todo tu cuerpo se impulsa aprovechando las inercias que generan tu cabeza y extremidades. Donde tienes que explotar tus fortalezas y habilidades, procurando minimizar las debilidades. Por ello si tu nivel es de un IV grado  y deseas sobrepasar un  VI, como no entrenes y te superes, ellas no te dejarán pasar por más que lo desees.


Los hombres, aunque no lo hagamos conscientemente, siempre tendemos a prepararnos y entrenar para ser mejores, de ahí nuestra innata competitividad e intento de superación planteándonos nuevos retos y metas. Pero por muy buenos que seamos, son ellas quienes deciden si puedes o no conquistarlas. Por ello cuando no lo tenemos claro, es mejor una retirada digna con pequeños rasguños en la autoestima, que una derrota en toda regla con graves secuelas morales o físicas.


En el proceso de conquista, hay factores externos que tú puedes prever pero no controlar: el clima, el terreno, la extracción social, la belleza, la cultura, etc. Pero lo que va a determinar la consecución de la conquista, es tu solvencia sobre el terreno, la inteligencia emocional, la perseverancia, la fuerza de voluntad, el carácter forjado ante la adversidad. Son valores intangibles que en los momentos críticos, cuando surgen los problemas se muestran en toda su extensión de forma tan evidente, que sin ellos haces aguas, te acobardas, te apocas sin encontrar soluciones y finalizas rindiéndote ante hechos que te superan y sobrepasan.  Es como si estuvieras jugando en una liga que no es la tuya, no ves la pelota y te dan tal repaso  que enseguida comprendes que debes jugar en otra liga con un nivel adecuado a tu fuerza y tu técnica, donde puedas competir dignamente, y en definitiva ser feliz.


Por ello, tras mi lesión de rodilla, no pudiendo aspirar a las grandes travesías por las Sierras de la Bética, me conformé con travesías más sencillas, de un día, con mochila de ataque y ritmo pausado. Entonces aprendí a caminar disfrutando de la naturaleza, descubriendo la belleza desde el interior. Comencé a jugar en otra liga, echo en falta algunas cosas de la anterior, pero me compensan las cosas buenas de esta. Recuerdo que de joven, sólo me fijaba en la belleza de la mujer o la hermosura de una montaña por su apariencia externa. Ahora descubro en la montaña y en la mujer infinidad de cosas mucho más interesantes  que una bonita cara o un sinuoso intrincado perfil.


Y una vez has conquistado a la mujer de tu vida o la cima de una montaña, no has hecho más que empezar la aventura, porque este es el inicio de un largo recorrido, quizás más monótono por ser el descenso o el inicio de la rutina de la convivencia; pero esta es la etapa más importante, donde más atento has de estar, ya que hay momentos de cansancio y hastío que  pueden provocar accidentes que den al traste con toda la felicidad alcanzada hasta este instante.

Las mujeres y la montaña son dos pasiones por las que creo que la vida merece la pena. Muchas han dejado su huella marcando mi carácter. Con cada una de ellas guardo una relación diferente, pero gracias a todas la vida me resulta super atractiva.